SOLEMNIDAD DE LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR

Hoy contemplamos a Cristo, el Señor resucitado, que victoriosamente asciende al Cielo. Al contemplarlo nuestros ojos se dirigen con firme esperanza hacia ese destino glorioso que Dios por y en su Hijo nos ha prometido también a cada uno de nosotros: la participación en la vida divina, en la comunión de Dios-Amor, por toda la eternidad.

En el Cristo elevado al cielo el ser humano ha entrado de modo inaudi-to y nuevo en la intimidad de Dios; el hombre encuentra, ya para siem-pre, espacio en Dios.

El “cielo” no indica un lugar sobre las estrellas, sino algo mucho más osado y sublime: indica a Cristo mismo, la Persona divina que acoge plenamente y para siempre a la humanidad, Aquel en quien Dios y el hombre están inseparablemente unidos para siempre.

El estar el hombre en Dios es el cielo. Y nosotros nos acercamos al cielo, más aún, entramos en el cielo en la medida en que nos acercamos a Jesús y entramos en comunión con él. Por tanto, la solemnidad de la Ascensión nos invita a una comunión profunda con Jesús muerto y resucitado, invisiblemente presente en la vida de cada uno de nosotros.

Desde esta perspectiva comprendemos por qué el evangelista san Lucas afirma que, des-pués de la Ascensión, los discípulos volvieron a Jerusalén “con gran gozo”. La causa de su gozo radica en que lo que había acontecido no había sido en realidad una separación, una ausencia permanente del Señor; más aún, en ese momento tenían la certeza de que el Cruci-ficado-Resucitado estaba vivo, y en él se habían abierto para siempre a la humanidad las puertas de Dios, las puertas de la vida eterna. En otras palabras, su Ascensión no implicaba la ausencia temporal del mundo, sino que más bien inauguraba la forma nueva, definitiva y perenne de su presencia, en virtud de su participación en el poder regio de Dios.

Precisamente a sus discípulos, llenos de intrepidez por la fuerza del Espíritu Santo, corres-ponderá hacer perceptible su presencia con el testimonio, el anuncio y el compromiso misio-nero. También a nosotros la solemnidad de la Ascensión del Señor debería colmarnos de serenidad y entusiasmo, como sucedió a los Apóstoles, que del Monte de los Olivos se mar-charon “con gran gozo”. Al igual que ellos, también nosotros, aceptando la invitación de los “dos hombres vestidos de blanco”, no debemos quedarnos mirando al cielo, sino que, bajo la guía del Espíritu Santo, debemos ir por doquier y proclamar el anuncio salvífico de la muerte y resurrección de Cristo.

Nos acompañan y consuelan sus mismas palabras, con las que concluye el Evangelio según san Mateo: “Y he aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo”

LECTURA: Lucas 24,46-53

“Jesús dijo a sus discípulos: “Así está escrito: el Mesías padecerá, resucitará de entre los muertos al tercer día y se predicará en su nombre la conversión para el perdón de los pecados a todos los pue-blos, comenzando por Jerusalén. Vosotros sois testigos de esto. Mirad, yo voy a enviar sobre vosotros la Promesa de mi Padre. Por vuestra parte, permaneced en la ciudad hasta que seáis revestidos de la fuerza que viene de lo alto.” Los sacó hasta cerca de Betania y, alzando sus manos, los bendijo. Y sucedió que, mientras los bendecía, se separó de ellos y fue llevado al cielo. Ellos, después de postrar-se ante él, se volvieron a Jerusalén con gran alegría, y estaban siempre en el Templo bendiciendo a Dios”

CUANDO LEAS

Contemplamos, en nuestra oración de hoy, la narración que Lucas hace de la Ascensión del Señor, al final de su evangelio.

El evangelio de Lucas termina con la despedida de Jesús en la que les explica las Escrituras, abriendo sus inteligencias para que pudieran comprender lo referente a Él en Moisés, los pro-fetas y los salmos, es decir, en toda la Escritura, y con la promesa del Espíritu Santo, que les dará la fuerza necesaria para ser testigos de su Evangelio hasta los confines del mundo.

Jesús asciende al Padre al tiempo que bendice a sus discípulos. La bendición es una palabra y un gesto de recreación. Quien te bendice te construye en lo mejor de ti mismo, en tu verda-dera identidad.

Sabernos bendecidos nos hace personas que saben bendecir, a Dios, a los otros, y toda la realidad.

Lucas comienza narrando el descenso del Verbo en la encarnación, en el seno de María, y termina con el ascenso al Padre. Éste es el itinerario de todo discípulo: descender con Jesús a todos los lugares de su presencia (entre los pobres y necesitados, entre los últimos…) para ascender al Padre, al final de nuestro itinerario en este mundo.

La ascensión no es ausencia sino un nuevo modo de Presencia más plena: subió al cielo pa-ra llenarlo todo, dice la carta a los Efesios.

CUANDO MEDITES

La Ascensión de Jesús supone el triunfo del amor. El que por amor había descendido a la miseria humana ahora, por la fuerza del amor, asciende hasta el corazón del Padre y recibe el nombre de Señor igual al Padre (cf. Filipenses 2, 1ss).

La categoría de ascensión se puede traducir por “comunión”. No es que Cristo suba muy alto, sino que entra muy dentro. Penetra en el corazón de Dios, de la humanidad, de todas las co-sas. Y será fermento de comunión hasta que todo y todos nos unamos en él.

La ausencia física de Cristo es Presencia resucitada, una presencia viva y transformante. Cristo está presente por el don de su Espíritu, hasta el punto de que, estando habitados por Él, podemos decir “no soy yo quien vive sino que es Cristo quien vive en mí”. Cristo presente en su Palabra, luz para nuestro camino. Está presente en el Pan partido. Está presente en los hermanos. Está presente en los pobres, en los pequeños y en quienes nos necesitan. Está presente en todo y en todos, más íntimamente y sin limitación de espacio y de tiempo…

¿Cómo vivo ese amor, esa comunión, esa Presencia?

Cristo me agota por completo con su mirada. Con la misma presencia penetra a los que me rodean y a quienes amo. Gracias a Él, como en un Medio divino, me uno a los demás por dentro de ellos mismos; puedo obrar sobre ellos a través de todos los recursos de mi vida.

Cristo nos liga y nos manifiesta los unos a los otros.

Lo que mi boca no es capaz de hacer comprender a mi hermano o a mi hermana, Él se lo dirá mejor que yo. Lo que mi corazón desea para ellos, con inquieto e impotente ardor, Él se lo otorgará, si es bueno. Lo que los hombres no pueden escuchar de mi voz demasiado débil, o a la que cierran sus oídos para no escuchar, tengo yo el recurso de confiárselo a Cristo, que habrá de repetírselo, algún día, a su corazón. Si esto es así, yo puedo morir tranquilo con mi ideal, ser enterrado con la visión que yo quería hacer compartir a los demás.

Cristo recolecta, para la vida por venir, las ambiciones sofocadas, las claridades incompletas, los esfuerzos frustrados, o desafortunados, pero sinceros.

CUANDO ORES

Como subiendo, Se arranca de los suyos, los bendice, ¡qué fuertes son sus manos protecto-ras! Los últimos consejos y promesas, ¡qué riqueza de dones preparados!

La Ascensión del Señor, como subiendo hasta la meta amada, el Corazón de su Padre, en las alas del Espíritu; la entrada en el misterio del Amor, la comunión con Dios y con el Todo;

la plenitud de Cristo, Alfa y Omega, la fuerza convergente, centro cósmico, comunión con el mundo, con las cosas.

Haz que llueva tu Espíritu, Señor, esa Nube sagrada en que te fuiste; haznos testigos de tu nombre, Cristo, encarnando tu amor y tu palabra, hasta el día en que vuelvas a nosotros.

CUANDO CONTEMPLES

Como discípulos del Señor, llenos de intrepidez por la fuerza del Espíritu Santo, nos corres-ponderá hacer perceptible su presencia con el testimonio, el anuncio y el compromiso misio-nero. También a nosotros la solemnidad de la Ascensión del Señor debería colmarnos de serenidad y entusiasmo, como sucedió a los Apóstoles, que del Monte de los Olivos se mar-charon “con gran gozo”. Al igual que ellos, también nosotros, aceptando la invitación de los “dos hombres vestidos de blanco”, no debemos quedarnos mirando al cielo, sino que, bajo la guía del Espíritu Santo, debemos ir por doquier y proclamar el anuncio salvífico de la muerte y resurrección de Cristo.

Nos acompañan y consuelan sus mismas palabras, con las que concluye el Evangelio según san Mateo: “Y he aquí que yo estoy con ustedes, todos los días hasta el fin del mundo”

VIVAMOS NUESTRO DOMINGO A LO LARGO DE LA SEMANA

“Ustedes son testigos de estas cosas». ¿Cómo vivo esta tensión apostólica por ser testigo del Señor Resucitado? ¿En qué situaciones concretas (dónde, a quién o a quiénes) transmi-to la ‘buena noticia’ que Jesús nos ha dejado?

El testimonio se demuestra con hechos y actitudes de vida nueva,

¿Qué puedes hacer para «bendecir», buscar el bien, hacer el bien, atraer hacia el bien?

Lleva una "palabra". Puede ser un versículo o una frase del texto leído.

Trata de tenerla en cuenta y busca un momento cada día para recordarla y tener un tiempo de oración donde volver a conversarla con el Señor.

Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los números: 659 - 667.

“… si alguno verdaderamente me ama, decía ya el amante Señor, si alguno me ama

no lo dejaré nunca solo. Yo vendré a él, con el Padre y el Espíritu Santo y gozaremos

de permanecer en él para siempre en felicísima mansión. - Si alguno me ama, guardará

mis palabras, y mi Padre lo amará y vendremos a él para hacer nuestra morada en él”.

(Antonio Gianelli, Prédicas)



Reflexión del Papa Francisco
“Jesús parte, asciende al cielo, es decir, regresa al Padre de quien había sido enviado al mundo”.
No se trata de una separación, porque Él permanece para siempre con nosotros, en una forma nueva. Con su Ascensión, el Señor resucitado atrae la mirada de los Apóstoles – y también nuestra mirada – a las alturas del Cielo para mostrarnos que la meta de nuestro camino es el Padre.
Sin embargo, Jesús permanece presente y operante en las vicisitudes de la historia humana con la potencia y los dones de su Espíritu; está junto a cada uno de nosotros: incluso si no lo vemos con los ojos, ¡Él está! Nos acompaña, nos guía, nos toma de la mano y nos levanta cuando caemos. Jesús resucitado está cerca de los cristianos perseguidos y discriminados; está cerca de cada hombre y mujer que sufre.
Pero Jesús también está presente mediante la Iglesia, a la que Él ha enviado a prolongar su misión. La última palabra de Jesús a los discípulos es la orden de partir: “Vayan, pues, y hagan discípulos a todas las gentes” (Mt 28, 19). Es un mandato preciso, ¡no es facultativo!
La comunidad cristiana es una comunidad “en salida”, “en partida”. Y ustedes me dirán: ¿pero y las comunidades de clausura? Sí, también ellas, porque están siempre “en salida” con la oración, con el corazón abierto al mundo, a los horizontes de Dios. ¿Y los ancianos, los enfermos? También ellos, con la oración y la unión a las llagas de Jesús.
A sus discípulos misioneros Jesús les dice: “Yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin del mundo” (v. 20). Solos, sin Jesús, ¡no podemos hacer nada! En la obra apostólica no bastan nuestras fuerzas, nuestros recursos, nuestras estructuras, si bien son necesarias. Sin la presencia del Señor y la fuerza de su Espíritu nuestro trabajo, aun si bien organizado, resulta ineficaz.
Y junto a Jesús nos acompaña María, nuestra Madre. Ella ya está en la casa del Padre, es Reina del cielo y así la invocamos en este tiempo; pero como Jesús está con nosotros, camina con nosotros, es la Madre de nuestra esperanza”.
Papa Francisco.